¿Por qué renuncié?

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Me urgía parar en el camino. Empezar otra etapa, la última de mi vida pastoral productiva. Tenía que renovarme, meterme muy adentro, sacar la basura, el lastre, el peso muerto.

Tenía que recuperar fuerzas, llenarme de energía, para dar algo más, o mucho más. Porque eran tan grandes los retos, los miles de muertos por violencia anualmente y la impotencia tan inmensa. Porque no encontraba la manera de enfrentarme a estas matanzas.

Porque llegó un momento en que las tinieblas me habían arrancado la sensación de estupor, de asombro, de cólera e indignación, que debería sentir ante tanta maldad, ante ese reguero de sangre, de impunidad, de sadismo y de continuidad de masacres, con sus viudas y huérfanos, y el lamento continuo, los gritos enloquecidos, las misas de cuerpo presente, y el hambre.

El hambre que golpea tantos hogares. Y el desempleo. Me había acostumbrado al olor a sangre, y me estaba asentando, acomodando. 

Qué fácil es para un clérigo arrimarse a la rutina de la liturgia diaria y esconderse entre estructuras de organización y cuatro paredes, entre papeles y archivos, y cumplir con lo mandado, sabiendo que tienes las tres comidas al día aseguradas. Y los ríos de sangre corriendo por todas partes donde mires, como un huracán desatado inundando las familias y hogares de luto y desesperación. Y ser un burócrata de la religión, una estatua de sal. Una piedra inmóvil que no se inmuta ante el dolor de los que sufren. 

Debo renovarme, cambiarme por dentro, luchar por purificarme, limpiar el polvo del comportamiento robótico, inconsciente, de hacer lo de siempre sin pensar en por qué lo hago. Y aparentar además que lo hago de manera correcta. La hipocresía y el fariseísmo. Y acomodarme. Sí, esa es la palabra correcta.

El lastre que arrastro de palabras que pronuncio, de gestos y posturas ya sabidas y casi memorizadas, me pesa y me hastía. ¡Eso no puede ser! Así no estoy enfrentándome a los grandes retos de mi pueblo masacrado, humillado, violentado, burlado, que se muere a pedazos, que lo tienen sacrificado. Un pueblo que es como una oveja muerta, trasquilada y degollada. 

Por eso me retiro, no de mi trabajo ni de la llamada de mi Dios. Me retiro para volver, de otra manera, con menos complicaciones de compromisos y reuniones, de discursos y papeles, todo eso necesario, pero para el que los tiene que oír, pronunciar, leer y archivar. Yo ya no estoy para eso.

Cada uno obedece a sus carismas y misiones. No por eso soy mejor que otros ni menos. Sino que simplemente escucho lo que me dice la voz del que me llamó, mi Señor y mi Dios. Cuántos clérigos y obispos son ejemplares en lo que hacen porque obedecen a la voz del Espíritu. Y eso es lo que intento hacer yo. Y cada uno tiene su historia personal de relación con el Dios del amor infinito y debe ser fiel a lo que el Señor le diga. 

Quien me conoce sabe que nunca digo no al trabajo, ni que digo que estoy cansado, aunque esté reventado por dentro y me duerma en cualquier lado. Que no he rehuido nunca un compromiso por complicado o arriesgado que sea. Que me he recorrido en carro más de dos millones y medio de kilómetros por aldeas, pueblos y ciudades predicando el Evangelio. Que me he jugado la vida una y otra vez por este pueblo. Que no cobro por lo que hago. Y esto lo digo no para alabarme a mí, sino para decir que he seguido la voz del Cordero degollado para ser como él.

Pero me falta aire, el oxígeno del Espíritu, renovar las fuerzas, dejar cosas buenas por otras para mí más necesarias, lo que significa dejar cargos y responsabilidades para dedicarme a lo esencial. Por eso los apóstoles escogieron siete diáconos virtuosos, para dedicarse a la predicación y a la oración. Después de 28 años de obispo, creo que puedo hacerlo. Llegó el momento. 

Por lo tanto, un alto en el camino es saludable y evaluar el trabajo, corregir errores, hacer énfasis en lo que hay que continuar con nuevo empeño y dejar otras cosas buenas, para cumplir humildemente mi misión. La renovación es fundamental en toda persona y entidad, si en verdad queremos ser eficaces, dar respuesta a tantos retos y no dormimos en la mediocridad, plaga nociva y destructiva que acaba con cualquier sueño e ideal. Y debo ponerme siempre en manos de mi Señor, con quienes somos invencibles. 

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Fuente: La Critica