El fin de las máquinas de escribir está por llegar

[ad_1]


El final está cerca, aunque no pareciera a juzgar por la cantidad de gente que aprietas las teclas de viejas Remington en las clases de máquina de escribir en el Anand Type, Shorthand and Keypunch College.
 
Un vistazo al salón, atestado de gente, haría pensar que las máquinas de escribir todavía tienen futuro en la India. Pero en uno de los últimos sitios del mundo donde siguen siendo parte de la vida diaria, las máquinas de escribir parecen tener los días contados.
 
El propio Sunil Chawla admite que ya no gana dinero con al instituto de su familia donde enseña a escribir a máquina.
 
“Pensamos que esto duraría para siempre”, comenta Chawla, un hombre educado, cuyo padre fundó el instituto hace casi 60 años. Ni sus hijos muestran interés en las viejas máquinas de escribir. “Seguiré con el negocio mientras pueda, pero no sé qué va a pasar. Este negocio ya no tiene futuro”.
 
Sigue en parte porque le “encantan las máquinas de escribir”.
 
Y porque la gente continúa mandándole máquinas para que las arregle, aunque buena parte del trabajo que hace ahora es vender repuestos para copiadoras y laminadoras.
 
En la India todavía hay algunos miles de mecanógrafos y un puñado de personas que arreglan máquinas de escribir y negocios que venden repuestos. También quedan institutos que enseñan a escribir a máquina.
 
Pero ¿cuánto tiempo durará esto?
 
“Vengo aquí a pasar el rato”, admitió Satinder Kumar durante una tarde reciente en un centro comercial del viejo barrio de Tis Hizari donde unos 50 mecanógrafos se ganan unos pocos dólares preparando contratos de alquiler, de venta y otros documentos legales.
 
Kumar trabajó 41 años en Tis Hizari y crió a dos hijos con el dinero que ganó allí.
 
“Era un buen trabajo. Trabajábamos desde la mañana hasta la noche”, recordó junto a su manual de Remington. A su lado hay un cartel que dice “S.K. Kumar – mecanógrafo”.
 
Ahora tipea entre 10 y 15 páginas diarias para los cientos de abogados de la ciudad. A 15 rupias (20 centavos) la página, apenas si cubre los gastos de transporte, cintas y arreglos. Los únicos momentos en los que hay movimiento es cuando todas las computadoras del sector están en uso o cuando se va la luz.
 
Kumar comprendió que el negocio nunca volvería a ser el mismo hace unos 20 años. “La primera vez que vi una computadora supe que los días de las máquinas de escribir estaban contados”, afirmó. “Ahora, llegó el final”.
 
Admite que tal vez debió aprender a usar una computadora. El negocio de las máquinas de escribir, sin embargo, siguió funcionando a plenitud hasta hace unos diez años, en que las computadoras se hicieron más accesibles. Y él nunca incursionó en ese mundo.
 
Ahora, a los 65 años, piensa que probablemente es demasiado tarde. “Creo que llegó la hora de que deje todo esto”.
 
Las máquinas de escribir desempeñaron un papel importante durante más de 100 años. Las usaban los presidentes para dar sus órdenes, Ernest Hemingway para escribir sus libros y los periodistas para redactar sus notas. Para todo, desde informes aburridos hasta cartas de amor, se usaban las máquinas de escribir.
 
En la India eran algo más que una herramienta de la oficina. Eran un símbolo de educación, de logros profesionales, de mujeres independientes.
 
Suresh Bansal, que administró y enseñó durante 40 años en el instituto Anand, dice que hace 20 años las máquinas de todos los salones del centro de enseñanza estaban en uso constantemente. “Alguien se iba y otra persona se sentaba de inmediato”, recuerda. “¡No se podía mirar el teclado! Eso era lo más importante”.
 
Por entonces había cientos de pequeñas escuelas para aprender a escribir a máquina en Nueva Delhi, llenas de estudiantes universitarios, gente que quería trabajar como personal administrativo y aspirantes a secretarias.
 
Alrededor del año 2000 las cosas empezaron a cambiar. La economía de la India creció y las computadoras se hicieron más accesibles. Los fabricantes de máquinas de escribir cerraron una a una.
 
La oficina de Chawla, igual que su negocio, parece de otra época. En una pared hay un cartel con los feriados… de 1983 y un calendario de 1988. Hay montañas de máquinas de escribir. No descarta ninguna en vista de que ya no se consiguen repuestos.
 
No hay computadoras en la oficina, aunque Chawla tiene una en su casa. Piensa que sería desleal instalar una en su negocio.
 
Hace todo su trabajo en una Gordej Prima portátil. Es de hace más de una década y está en condiciones impecables.

[ad_2]

Fuente: Panamá América