El cementerio de los coranes paquistaníes

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Una desértica colina en las afueras de la ciudad paquistaní de Quetta guarda en su interior un laberinto de túneles con dos millones y medio de coranes viejos, gastados y en desuso, un cementerio de textos sagrados en un país donde su profanación se puede castigar con la horca.
 
La montaña de Jabal e Noor o Monte de la Iluminación, en honor del lugar donde Mahoma recibió los primeros versos del Corán en Arabia Saudí, es el “milagro” del empresario Samad Lehri, que hace décadas decidió dedicar su tiempo y fortuna a preservar símbolos religiosos del islam, y hoy recibe a miles de visitantes.
 
“En 1956 iba en un coche con un amigo y vi en el asiento trasero un diario con una foto de la kaaba (la piedra negra que los musulmanes consideran un pedazo del paraíso). Lo recogí y me lo llevé a casa, donde decidí preservar los versos, nombres e imágenes sagradas”, explica a Efe Samad Lehri, quien fundó el proyecto junto con su hermano Rasheed.
 
La visión de coranes “abandonados en las calles y en ríos” fortaleció esa decisión y en 1984 comenzó a enterrar los textos en la montaña donde tenía una cantera en Quetta, capital de la provincia de Baluchistán, en el sur del país.
 
En 1992, creó la fundación Jabal e Noor y empezó a guardar los libros sagrados en habitaciones construidas en la colina, una solución insuficiente para el gran número de ejemplares que le llevó a escarbar túneles para conseguir más espacio.
 
Hoy, tres kilómetros y medio de túneles guardan dos millones y medio de coranes recibidos desde todo el país, mientras otros miles de libros esperan en sacos a la intemperie a que nuevas galerías sean escarbadas.
 
“Los túneles parecen un milagro. Obviamente tenemos ayuda sobrenatural, ya que sin la ayuda de Alá no podríamos destruir las rocas”, indica Lehri, de 75 años.
 
Algunos de los coranes descansan tras mostradores acristalados para que los visitantes puedan observar los textos, entre ellos un ejemplar de 500 años de antigüedad.
 
La entrada es gratuita para los visitantes, que si lo desean pueden contribuir con donaciones, por lo que los hermanos Lehri se hacen cargo de todos los gastos.
 
“Dios nos recompensa”, afirma a Efe Rasheed, al explicar que pagan al Gobierno unos 1.400 euros anuales por el alquiler del terreno, a lo que hay que sumar gastos de personal.
 
En los últimos años también trabajan guardas de seguridad, ante el temor de sufrir un ataque por parte de extremistas, ya que la provincia de Baluchistán es escenario habitual de violencia con la presencia de grupos armados separatistas, facciones talibanas y grupos yihadistas.
 
Los Lehri no han recibido amenazas, pero dado que grupos como los talibanes han atacado mezquitas, templos sufíes y otros lugares sagrados, prefieren no arriesgarse.
 
Tampoco se arriesgaron con un proyecto para reciclar el papel de los coranes y usarlo para otros propósitos, algo que consideran “demasiado peligroso”.
 
Pakistán cuenta con una polémica ley antiblasfemia que castiga con duras penas los insultos al islam y la profanación de sus símbolos, incluida la pena de muerte, aunque nadie ha sido ejecutado por ello.
 
Según la Comisión Nacional para la Justicia y la Paz, grupo de derechos humanos de la Conferencia de Arzobispos Católicos de Pakistán, desde 1986 se han producido 1.470 acusaciones de blasfemia y hay 17 condenados en el corredor de la muerte por estos delitos.
 
Además, en ocasiones muchedumbres han linchado a personas acusadas de destruir coranes, como en 2014 cuando dos cristianos fueron asesinados por una multitud tras correr el rumor de que habían quemado un libro sagrado.
 
Los Lehri se limitan pues a restaurar algunos coranes que después distribuyen por madrasas o escuelas religiosas, una misión que junto con el enterramiento de los textos consideran su obligación como “buenos musulmanes”.

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Fuente: Panamá América