Cuerpos que “no” rinden en el sexo

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Por Lic. Ruben Campero*

El orden cultural aún vigente nos haría ver los cuerpos sexuados como marcados por una diferencia aparentemente básica, la cual se manifestaría no como una manera más de las tantas posibles de vivir las diferencias, sino que se impondría como “la” manera de concebir lo “igual” y lo “diferente”, y desde ahí los cuerpos en clave sexuada y sexual. Una diferencia que sólo admite dos posiciones definidas y posibles (hombre y mujer), las cuales son presentadas como tan distintas entre sí que solemos utilizar la expresión “sexos opuestos”.

Para reforzar estas creencias sobre los cuerpos sexuados, y desde ahí sobre las identidades, los deseos, los despliegues corporales y las prácticas sexuales que aparentemente “corresponderían” con el sexo asignado, se utilizan una serie de prejuicios y estereotipos sexuales y de género que dictaminan las maneras en que debemos interpretar lo que una relación sexual es, así como lo que debe considerarse masculino o femenino, heterosexual u homosexual, hombre o mujer, activo o pasivo, etc.

Dichos estereotipos se repiten inadvertidamente en nuestro lenguaje y prácticas cotidianas, generando la ilusión de una “normalidad” y “universalidad” respecto a una única manera de vivir el cuerpo, el sexo, el erotismo, la identidad, el género, la plástica corporal, el deseo, así como las relaciones de poder que se expresarían a través del coito (forma hegemónica de concebir una relación sexual), ya sea en forma literal o metafórica.

No por casualidad es posible escuchar todos los días frases como las siguientes: “¿sos hombre o qué?, funcióná entonces como tal en la cama!”, “me están cogiendo con la cuota del banco”, “a esta le dicen Carlitos porque tiene pocas tetas”, “macho es el que probó y no le gustó”, “hay que ser una dama en la sala y una puta en la cama”, “me parece que patea para el otro cuadro”, “por atrás nunca, yo soy macho”, “mi marido me regaló las tetas”, “las mujeres son como las chapas, hay que clavarlas para que no se vuelen”

Con estas y otras tecnologías de control social que tanto padecemos como ejercemos, se lograría eliminar cualquier posibilidad de concebir otras posiciones sexuales y de género que excedan el restrictivo binomio hombre-mujer heteronormativo, naturalizando inequidades de poder en torno a jerarquías sexo-genéricas aun existentes, las cuales se amalgaman con otros desbalances de poder tales como rico-pobre, blanco-negro, mujer biológica-mujer trans, ciudadano-extranjero, etc.

Estos mandatos que moldean cuerpos, subjetividades y sexualidades en torno a tener que ser un hombre o una mujer “de verdad”, las más de las veces condicionan los comportamientos que un individuo expresa a la hora de mantener relaciones sexuales. Ello se evidencia no sólo a través de la obligatoriedad del coito (y de las metáforas de poder que se construyen a partir de los roles pasivos y activos que desde él tomarían forma), sino también mediante distintos parlamentos, gestos, actitudes y frases hechas que la gente utiliza en sus interacciones eróticas, haciendo carne la observancia respecto de si ha sido etiquetada identitariamente como hombre, de clase alta, homosexual, negro, mujer, heterosexual, blanca, o de clase baja, etc.

Un ejemplo muy claro se podría ver en el control de comportamientos sociales y sexuales que se ejerce sobre las mujeres a través del estigma de “la puta” (y su par complementario representado por la abnegada esposa, madre y buena mujer asexuada) Tomando en cuenta este articulador para el tipo de mujer que se quiere fabricar socialmente, se le enseña muy precozmente a las niñas a “hacer buena letra”, aprendiendo a auto-controlarse desde la sumisión y el acto de resultar agradables (además de que de adultas son vigiladas para que se adapten a muchas de esas prerrogativas). Recordando siempre que una “verdadera” feminidad no está en expresar directamente lo que se desea (eso sería muy “masculino” y propio de mujeres “atrevidas” o “putas”), sino más bien en sugerirlo con cierto grado de ambigüedad, para que sea la otra parte la que “tome las riendas” del deseo sexual y protagonice la acción.

Pero por sobre todas las cosas, esta socialización sexualmente feminizante exige de una mujer que se precie de “típica”, que deba estar siempre atenta a la posibilidad de gustar y ser deseada, antes que a identificar que es lo que individual y singularmente desea de los otros. Con esto se lograría constituir una subjetividad más bien “elegible” desde el punto de vista estético-sexual, llevando por ejemplo a que más de una mujer termine fingiendo un orgasmo (al no lograr relajarse y concentrarse en lo que realmente la excita, en la medida en que está más atenta a como la ve y valora el otro) cuando está practicando un coito vaginal a través del pene de un hombre.

Esta dificultad para alcanzar el orgasmo ocurriría a su vez por el hecho de no querer quedar como alguien inadecuado sexualmente, y por tanto “rechazable” o no elegible. Aunque claro está, siempre con cierto grado de moderación, ya que si se suelta la amarra de la represión constructora de una sexualidad normativa para las mujeres, podría existir el riesgo de que él “no vuelva a llamar”

Por lo mismo, el mandato masculino de tener que ajustarse al ideal hegemónico como única supuesta manera de poder sentirse, actuar y ser percibido como hombre, lleva a muchos individuos a tener que comportarse (sin saber siquiera si alguna vez lo desearon realmente) de manera fuerte, triunfadora, (hiper) heterosexual, con capacidad de proveer y proteger con valentía, y por supuesto con la imprescindible potencia sexual para “rendir como un hombre en la cama” a través de la penetración. Penetración que se redefine e impone a cada paso como un acto de conquista y colonización de cuerpos (“cogerse” a…) y no como una práctica sexual placentera más como lo que realmente es.

Dichas exigencias evidentemente generan una tierra fértil para la manifestación de cualquier dificultad sexual, ya que podríamos decir que “no hay cuerpo que aguante” ante el hecho de tener que ser ese cuerpo que los mandatos sexuales y de género exigen que “naturalmente” se sea. Por algún lado el cuerpo siempre “hace agua” y se rebela, “revelando” con ello la domesticación perversa que implican muchos mandatos sociales constructores de subjetividad, en tanto afectan y destruyen la creatividad, la expresividad, la re-creación y la posibilidad de ir descubriendo nuevas formas de ser en el encuentro sexual con otro/s.

Tener “prácticas”, “relaciones” sexuales debería ser algo que se realiza para vivenciar disfrute tanto sexual en general como vincular en particular. Pero si las maneras en que creemos estar comportándonos “espontáneamente” y mocionados por el deseo a nivel sexual, finalmente se nos revela también como algo demasiado condicionado por factores sociales y políticos (de relaciones de poder), resulta entendible que muchas de las dificultades sexuales tal vez no sean tales, sino mera protestas provenientes de nuestra sabiduría.

Una sabiduría que aun resiste en busca de “oxígeno” y salud, que nos alerta como puede en cada caso sobre estas determinaciones, las cuales sólo nos permitirán entretenernos con el sexo (en el sentido de tenernos “entre”, es decir “distraídos o en “estado zombie”) pero jamás habilitar una verdadera re-creación, es decir un volver a crearnos en cada encuentro a través de la aventura de lo lúdico.

Tener una dificultad sexual en lo referente a la respuesta sexual no quiere decir necesariamente que se padezca un problema que prontamente requiere asistencia y “curación” médica y/o psicológica. Tener una dificultad sexual puede que en realidad nos esté avisando sobre ese límite que nuestro ser nos pone, como forma de resistir a las construcciones sociales que obligan al cuerpo a generar rentables gestos eróticos que deben avalar un orden político naturalizador de desigualdades sexo-genéricas.

Es ese sabio límite que tendría por objeto denunciar los excesos y la explotación a la que nos somete este mandato de tener que moldear y hacer rendir nuestros cuerpos al son de guiones sexuales-genitales-coitales y de género, según creamos ser hombres, heteros, mujeres, blancos, homos, negros, trans, ricos, pobres, y cualquier otra de la etiquetas que los humanos nos ponemos.

Etiquetas que cumplirían la función política de hacernos saber a qué “bando” pertenecemos, quien es que “rinde” o “no rinde” a la hora de “tener” sexo y “ser” un sexo “coherente” en clave masculino-femenina, y como es en definitiva que desde ahí se nos permite gestionar alguna cuota de felicidad, o al menos algo de “entre-tenimiento”

Ruben Campero es Psicólogo y Sexólogo. Conduce Historias de Piel, programa que va todos los domingos a la hora 21.30 en Metrópolis FM, 104.9. Podés escucharlo y además enviar tus opiniones, testimonios y consultas vía twiter, mensaje de texto (SMS al 1049, con la palabra piel, espacio y luego se escribe), de facebook, o correo electrónico (historias@metropolisfm.com).

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Fuente: Malltv